Malditos reyes magos. (Tomás Cuevas Arroyo- Madrid 2011)
Nada más comenzar 1995, en el día de Reyes, los Magos de Oriente me sacudieron una hostia sincronizada a mano abierta; a resultas de lo cual, todavía hoy, 17 años después, me retumba la cabeza. Siempre supuse que lo suyo era dar regalos, no birlar cosas. Y es que, lo que no me suceda a mí, no le sucede a nadie. Los muy ladinos vinieron sin camellos, pero aparecieron a bombo y platillo, a través de un titular de periódico. Debieron formular atávicos conjuros que me dejaron con la boca abierta, ante la simpleza de un anuncio sobre el rodaje de una peli. Yo no sé si llevaban corona, no los vi, no suelen dejarse ver, pero de lo que no cabe duda es que eran magos, porque desde ese día de Reyes, a mí, me desapareció un libro. ¡Mi primer libro! Fruto de mis desvelos, y mis peligrosos acercamientos al lado oscuro de la existencia. Queda patente, pues, que tengo motivos para hacerme de Santa Claus, pero me da que, a la postre, y con mi mala suerte, acabará resultándome otro chorizo igual o peor que los anteriores, y vaya usted a saber lo que me desaparece al mudar de filiación. Es como cuando cambias de compañía telefónica, todo son desagradables sorpresas.
Recuerdo que dos años y pico antes, ese maldito junio del 92, fui tan imbécil. Me dejé convencer, y envié LA LUZ a la productora de los hermanos Almodóvar. Al poco, y cuando ya era tarde para echar el freno a la furgoneta de SEUR, apareció una noticia sobre la primera producción de EL DESEO, S.A., sin su prestigioso y endiosado titular al frente. Sería una historia intergaláctica fruto de la mente de un tipo con nombre que me sonaba a venganza por haber escrito un libro irreverente: De la Iglesia, nada menos. Insértese aquí un puntilloso escalofrío. ¡Joder! ¡Yuuyu, yuyu, mal yuyu! Un ateo casi convencido de la platónica transcendencia del alma como yo, está obligado a sentir convulsiones ante este nombre fatal.
Recuerdo que pensé: ¡Buag! Mi libro caerá en saco roto. Pasó el tiempo, y me olvidé del asunto. Estaba más que seguro de que los hermanos Almodóvar jamás producirían una historia con las características de LA LUZ. Estaba tan seguro de que ni siquiera se tomarían la molestia de devolverme el ejemplar... Pero el Destino es un cabrón redomado, y el 5 de octubre del 1994 a modo de siniestro regalo de cumpleaños (ese día cumplí 34 tacos), recibí mi maltratado ejemplar de LA LUZ, sin yo saberlo, ya derrotado, ya sangrante y muerto. Cual viuda negra, lo acompañaba una carta de EL DESEO fechada el 27/9/94, que alegremente, lo descartaba de sus planes de producción llamándolo guión. ¿Guión? Mi manuscrito, ¿se parece a un guión? ¿Cómo que guión?
Noventa días pasaron de inocente e indolora ignorancia. ¿Cómo poder imaginar que una maldición se me echaba encima? Ese aciago día de reyes del 95, apareció la noticia de un rodaje sobre un Anticristo madrileño, que un bilbaíno atrevido (cuyo apellido de connotaciones católicas me sonaba un montón), llevaba a cabo en la ciudad de La Cibeles, y a mí, excuso decirlo, me saltaron chispas. Ignoraba hasta qué punto esa noticia iba a cambiar mi vida. La primera reacción fue de asombro e incredulidad, duda, mucha duda. ¿Cómo es posible que a ese tío se le haya ocurrido la misma idea? Mi libro trataba de tres desgraciados colaborando para evitar el nacimiento del Anticristo en Madrid. Había droga de por medio, y música, y don Quijote, y el bálsamo de fierabrás, y ovnis. Empecé a verle por todas partes vestido con su enorme ego negro, era como una mala obsesión, y en cada explicación que daba de su película, a mí se me llevaban los diablos de cabeza al infierno, ensartado en tridentes al rojo vivo. La lectura del guión fechado a finales del 94 fue traumática. LA LUZ estaba por todas partes.
Desmenuzada, destruida, desteñida, y repintada, y todo estaba sujeto a un armazón que habían arrancado de mi libro, con la misma brusquedad que usaba el Alien-cazador, arrancando las columnas vertebrales de sus presas humanas en la magnífica PREDATOR. Ese armazón, ese entramado óseo, de puro simple, descubría su negada procedencia. Metió la pata hasta el corvejón, engañó a todos, pero a mí no. Madrid se vincula por primera vez con el Anticristo en el libro LA LUZ. Que yo conozca, no hay literatura ni cinematografía al respecto. Y si alguien la encuentra o la conoce, que por favor acabe con mi ignorancia de un seco golpe, aunque no use anestesia, sabré soportarlo, estoy hecho a ellos. El día de la bestia (1995) es la segunda obra que sitúa una historia de anticristos en Madrid, y lo hace tres años después de LA LUZ (1992), que fue la primera, y pese a su mala suerte, y la imposibilidad de demostrarlo por un dudoso testimonio, tengo la obligación de insistir en que fue mi libro origen y fuente de la cinta premiada en los Goya.
Luego, todo fueron señales negativas, recuerdo que cuando vi el pedazo de crucifijo sobre la mesa del abogado, me dije: ¿Tomás, dónde te has metido? Tú no eres Onassis, te niegan hasta los créditos (gracias por nada, Banco Santander). A partir de la segunda sentencia judicial, por más señas, insultante para un creador de historias, se le cerraba el paso a un cuasi indigente hacia una segunda apelación. Desde ahí, todo ha sido una locura, un mal sueño sudoroso y delirante, con embargo de sueldo, con insultos de fans alucinados con su ídolo, y con una total indiferencia hasta de los propios madrileños, indiferencia que duele incluso más que el propio plagio. Cartas se escribieron al Telemadrid de Alberto Ruiz-Gallardón, que ni siquiera fueron contestadas. Un madrileño gritaba, y Telemadrid pasó de él como de pisar caca de can sin pedigrí, porque el bilbaíno, director de "el día de la bestia" era conocido de la gente que en aquel entonces trabajaba en la emisora de TV autonómica, y que hasta hace bien poco manejaba la mano "inocente" de doña Esperanza. Esperanza, esperanza, bonito nombre para un genio tan agrio. No hay parcialidad. Con la Alborch, del otro bando, también tengo mis cosillas, fantasmas de indiferencia. Son sólo voces, acúfenos molestos que me susurran "ley de la propiedad intelectual, ley de la propiedad...", y luego una risa estridente y misteriosa que deja en una pedorreta la de Thriller... En mis peores pesadillas, todavía oigo a la juez preguntando como única cosa sensata entre las 9 preguntas absurdas anteriores que me hicieron, era más o menos así: "Oiga, pero al ser cosa de Anticristos no cree que es inevitable caer en el apocalipsis de San Juan." Y yo, tonto del culo, respondí: "No necesariamente" "No necesariamente", repitió ella, "¿Tiene algún ejemplo?" Y entonces, yo, que de memoria voy estreñido, dije un "No, pero seguro que lo hay." que me dolerá toda la vida por no haber tenido en la punta de la lengua "La semilla del Diablo" de Polanski, peli que adoro y que trata del nacimiento del Anticristo sin mencionar ni una sola vez el Apocalipsis de San Juan, pero Polanski es un buen cineasta, y yo, un mal defensor de mis propias causas. Aunque él también tendrá las suyas según el decir de las malas lenguas. Al poco, dos o tres días, el abogado de LA LUZ tenía el nombre del ejemplo sin el apocalipsis, sobre la mesa. Han pasado los años, y como Cervantes, indignado con aquel listo que por su cuenta y riesgo decidió escribir una segunda parte del caballero andante de volátil juicio, decidí escribir una segunda parte de LA LUZ, pero yo lo hacía para no sentir que la pérdida había sido completa.
Lo mejor de todo es ver cómo no ha sabido aprovechar la oportunidad que le brindó El día de la bestia. De todo se aprende, y todo esto me ha servido para comprender, que poco inteligente es quien apropiándose de lo que no es suyo, quiere pasar por original, porque, como no lo es por naturaleza, le costará mantener el tipo. Caerá una y otra vez en los topicazos de siempre. Mis escritos son anónimos, quizá estén condenados a ello, así es el Destino y nada podrá evitarlo. Ya hemos convenido que al libro y al autor les aguarda don Pedro Botero caldera en ristre; lo que ya no es tan seguro, es el destino que seguirá su cine sin imaginación. Que Dios pille confesados a sus muchos fans.
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Los finales blandurrios dan grima (Tomás Cuevas Arroyo - Madrid 2011)
Pedirme que haga un artículo de opinión sobre El día de la bestia, ya es tener mala leche. Sólo un gran aficionado al género de terror con mansión virtual propia, puede solicitarme semejante flagelación. Tener que volver a verla, para hablar de ella con total propiedad, sin padecer complejo de ECCE HOMO, va a resultarme un tanto complicado. No obstante, hay quien afirma, que mi punto de vista abarca más grados que la media, por aquello de mi íntima relación con el argumento. ¡Ea! Vamos a ello. Será un gran martirio chino, pero los malos tragos, cuanto antes mejor:
El día de la bestia no me gustó, para qué andarse con contemplaciones. Pero que a mí no me gustara, no tenía mérito. Tuve (y aún tengo), mis más y mis menos con su director, y ese insidioso detalle, desde algunas perspectivas, le resta fuerza a mi paladar cinematográfico. Existe un contencioso entre él y yo desde el 95 (para él muy muerto, para mí muy vivo). No obstante, me doy un garbeo por estos ciber-salones del terror para charlar sobre la peli, y no pienso perder el norte con viejas frustraciones. Haré una justificada mención más a esa "cruz" que me tortura, y se acabó. Aquí, sólo soy un aficionado al cine, y como tal, cada vez que termino de ver el largometraje que encumbró a Álex de la Iglesia, me hago esta pregunta: ¿Qué me cuenta? Me cuenta las aventuras de un cura descubridor de que el Anticristo va a nacer ya mismo. Y me cuenta que nacerá en Madrid. Hasta ahí, puedo llegar a identificarme una miaja con el religioso aventurero, porque, fruto de mi estupidez, 3 años antes del estreno de esta peli, yo había registrado una novela en cuyo argumento se proponía el mismo acontecimiento, sólo que protagonizado por personajes del mundo marginal madrileño. Tranquilos, que no habrá ninguna mención más a este hecho. Si bien, aquí era necesaria, porque toda la carcasa argumental de esta película giraba en torno a impedir el nacimiento del Anticristo en la capital del reino, y la cascada de imágenes y situaciones generadas con ese leitmotiv, resultaban secundarias a la apocalíptica noticia. ¡¡Hay que impedir el nacimiento del Anticristo en Madrid por encima de todo!!. Parecía ser el grito constante, el mantra de cada escena. Ni el histrionismo de los personajes, ni el histrionismo de las escenas, lograba reblandecer el argumento. Todo estaba justificado, no importaban los medios para acabar con el hijo del Diablo. Hasta ese punto, puedo comprender la fascinación que suscitaba en los jóvenes de entonces, y en los de ahora. La locura y la realidad confundidas son buen filón para la comedia, dan para algo más que para una simple pose estética apocalíptica. Creo que incluso, el señorito de Bilbao, pudo haberle sacado más partido cómico si hubiera sabido. Cualquier locura es posible con este planteamiento que abarca la casi totalidad de la película. Como aficionado al género, puedes llegar a relamerte cuando escuchas los llantos de la criatura. A partir del llanto, todo se derrumba porque los diablos lo callan a disparos.
Es el final, lo que a modo de Tsunami, se lleva el armazón del argumento. Gran sorpresa. No hay Anticristo. El cura ha metido la gamba señores, miren ustedes por dónde. Sólo hay unos gitanos que cobijan a un llorón, y unos skins que acaban con los llantos de un muñeco (lo siento, está tan mal hecho, que sólo le falta la etiqueta de Famosa o de Mattel, si fue capaz de hacernos ver a un diablo caminando con patas de cabra o cabrón, bien pudo presentarnos un niño muerto en condiciones). Colijo, pues, que los diablos son alucinaciones. Y si son Diablos ¿Por qué matan al Anticristo? Es la gran pregunta de la peli. El nudo gordiano que la convierte en un sinsentido. Me pone los dientes largos, me habla de un Anticristo que luego no es; y me deja frío. Ése es el resultado final. Cuando veo cine, espero cierta lógica argumental dependiendo del género que trate, y aquí, yo vi un final forzado. Un final Hollywood 100%. Un final feliz, al que sólo le faltaba el beso de tornillo de los protagonistas bajo el Ángel Caído del Retiro después de decir "Hemos salvado al mundo". Una fanfarronada argumental que nos presenta a dos tipos que quieren aparentar cierto triunfo en su caída en la indigencia, cuando en realidad no han hecho nada, porque los que se han cargado al Anticristo (si es que alguna vez lo fue), han sido los diablos-skins. Con todo esto se ahorra explicarnos qué le hace pensar que el hijo del Diablo nacería de unos gitanos, con los que, por cierto, el cura se cruza nada más empezar la peli. ¿Cuál es el eslabón que vincula la raza gitana (de la que yo tengo un apellido lejano), con el Anticristo? Pero no lo olvidemos NO HAY ANTICRISTO, los diablos, como dicen algunos, son los skins. Los skins, como dicen algunos, son el verdadero Anticristo. Si relacionar la violencia con la maldad por excelencia es genialidad, que venga Dios y me fulmine. Una obviedad tan trillada, que asusta el grado de consenso generado. Sí señores, sí, el diablo, o el hijo del diablo es todo aquel que emplea violencia contra sus semejantes. No tienen por qué ser sólo los skins. El diablo agitó su rabo en los despachos de los brokers descerebrados que están jodiendo el mundo. Y el diablo copuló con la madre del dueño de la central de Fukushima, y muy posiblemente, también con la del señor Burns.
Al Anticristo lo matan los diablos, y el cura mata a los diablos, y encima, luego de acabar con los skins-diablos con cuatro tiros, se acerca a los cartones y parece que de un momento a otro va a echarse a llorar por los gitanos y su Anticristo muerto. ¿Qué pasa con todo lo que nos ha contado el cura? ¿Se le ha ido el moco del LSD y comprende de repente que el bebé no era quien creía? Peor aún: ¿Qué hago yo con las ganas de ver cómo salva el mundo un tipo dedicado a la religión que decide hacer el mal para contactar con el Diablo? ¿Farfolla? Pura y simple farfolla. ¡Qué grima! Final facilón, final feliz, final blandurrio, sin sentido y absurdo, que con fuerza y sin fisuras, ha colado entre la industria y el público desde hace 3 largos lustros. ¿Seguirán Cavan y el Cura buscando al Anticristo? ¿O con matar a unos pocos diablos ya han salvado a la humanidad? Ya hemos convenido antes que diablos hay muchos. La mayoría, en impolutos despachos.
Comprendo y respeto el gusto de cualquiera. Pero para mí, El día de la bestia, nunca será peli favorita. La profecía, o La semilla del diablo, sí son ejemplares dignos de una historia de Anticristos, y habrá alguna más por ahí, que mi desgastada memoria me impide recordar. Un indigno colofón de esa historia, propuesta de un modo aceptable al principio, desinfla el final y la totalidad del largometraje como un suflé mal cocinado. Decir que era una comedia de acción satánica fue suficiente, la convertía en algo "original" que no supo rematar con un final digno de lo que proponía, porque, al fin y al cabo, dejaba a sus protagonistas con las ganas de cumplir su misión. Si el personaje del cura se cruzara con sus creadores les llamaría rácanos, porque no le dejaron lucirse. Es, lo que yo llamo, el síndrome del personaje mimado. No es broma, como creador me enfrento a mis personajes, y alguno se atreve a echarme faltas en cara. Es lo que tiene intentar hacer las cosas con un poco de lógica. Y aquí la lógica falla un montón.
El Ángel Caído cierra la peli a modo de tributo a la derrota. ¿Por qué no aprovechar antes tan bella y tan apropiada estatua? ¿Por qué dejar para el final, y sin ningún vínculo en la trama, a un monumento único en el mundo* que viene como anillo al dedo a lo que se está contando? Con este benévolo gesto, su director, después de haberse follado por detrás (literariamente hablando) al espectador, parece decir, se ha derrotado al diablo, la estatua lo demuestra, y esos dos que veis ahí lo han logrado, lo digo yo, y punto pelota.
¡¡Qué coño!! Ni retorciéndome el brazo me haréis pensar que esos dos lo han logrado. Ni de coña. Si alguien ha logrado acabar con el mal, identificado en el Anticristo, han sido los propios diablos. ¡Qué final, Dios mío! Perdónales, Señor, porque no tenían ni puñetera idea de lo que tenían entre manos.
*al parecer hay otra estatua dedicada al diablo en Suramérica, aunque jamás he logrado verla.
NOTA:
Se han incluido aquí estos artículos, porque la persona qué los solicitó para insertarlos en su blog, se ha olvidado de ellos, mucho me temo que a propósito, quizás para no mosquear al cretino que va de genio. No querrá molestarle, por si acaso algún día le puede sacar una entrevista. El chorizo es Álex de la Iglesia, al que todavía le auguran esperanzas de recuperación después de tanto fracaso creativo, pero es famoso, y el autor de LA LUZ, y de estos 2 artículos deliberadamente olvidados, no es nadie. Así es la vida, así va el mundo.